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viernes, 21 de noviembre de 2025

EL TRIBUNAL DE CRISTO


 “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” (2ª Corintios 5:10)

Pablo escribe esta carta a los cristianos de la ciudad de Corinto. Es pertinente aclarar que todas las cartas de Pablo están dirigidas a los cristianos, a los que han sido salvos por la gracia de nuestro Señor Jesucristo. La Biblia le habla a los creyentes salvos, nunca a los inconversos, a éstos lo único que les dice es lo que Juan el Bautista dijo: ¡Arrepentíos!

Cuando Pablo dice que es necesario que “todos nosotros”, está diciendo todos los salvos. Significa que todos sin excepción estaremos delante de Cristo. Este Tribunal no es para juicio, porque Cristo ya pagó en su totalidad nuestra deuda de pecado y en Él hemos sido justificados y santificados.

En este Tribunal, Cristo examinará lo que cada uno de nosotros hizo en la misión evangelizadora. De los resultados de este examen, depende que recibamos recompensas eternas de parte del Señor. (1ª Corintios 3:11-20).

Pablo explica el trabajo de evangelizar, usando la comparación de un edificio en construcción. El fundamento del edificio es Cristo. Los creyentes somos los constructores que levantamos ese edificio, sobre el fundamento. Como constructores, cada uno de nosotros tiene la libertad de usar diferentes materiales: oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca. (V. 12)

Ser constructores no se refiere exclusivamente al trabajo de evangelizar por medio de la predicación o de la enseñanza, sino también a nuestra manera de vivir como cristianos. La manera en que nos comportamos ya sea en público o en privado. Sin olvidar nunca que Dios nos envía para ser sal y luz del mundo.

El oro, la plata y las piedras preciosas, son materiales permanentes y de gran valor. La madera, el heno y la hojarasca, son perecederos y sin valor.

El creyente, independientemente del material que use como constructor, es salvo; pero si nuestra meta es agradar a Dios, usaremos los materiales de gran valor.

“La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada, y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará.” (1ª Corintios 3:13)

El oro, plata y piedras preciosas son los frutos del Espíritu. El creyente que con ellos construye se evidencia por su paciencia, benignidad, templanza, bondad, fe, humildad, todo bajo la guía del Espíritu Santo. Su obra no será quemada por el fuego y recibirá recompensa. (1ª Corintios 3:13)

La madera, heno y hojarasca, son materiales que hablan de carnalidad. Las obras de estos creyentes revelan su orgullo, egoísmo y vanagloria. Su obra será quemada y no tendrá ninguna recompensa. Eso será muy triste y vergonzoso.

Pablo nos exhorta a no engañarnos a nosotros mismos y dice que si alguno se cree sabio, se haga ignorante, para llegar a ser sabio; porque la sabiduría de este mundo es imprudencia para con Dios. Ningún conocimiento adquirido en este mundo puede impresionar a Dios, porque Él es Omnisciente. Él ama al humilde y lo bendice. Construyamos con oro, plata y piedras preciosas.

La sabiduría es el temor del Señor y la inteligencia, el apartarse del mal. (Job 28:28)

Una buena pregunta sería: ¿Qué revelará el Tribunal de Cristo en mí?

Lo que hoy nos debe preocupar y ocupar es llevar la Palabra de Dios a las almas perdidas.

Que Dios nos ayude a todos.

La gloria y la honra sean dadas a Dios.

domingo, 10 de agosto de 2025

EL JUICIO DE DIOS VS EL JUICIO DE LOS HOMBRES


Cuando el rey David cometió el pecado de censar al pueblo de Israel, lo reconoció y  pidió perdón. 
Entonces Dios le propuso escoger un castigo de entre tres opciones: tres años de hambre, o ser derrotado por tres meses por sus enemigos, o tres días bajo la espada de Jehová. 

El rey David respondió: "Ruego que yo caiga en la mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas en extremo; pero que no caiga en manos de hombres". Esta maravillosa declaración nos debería llevar a cuestionar la forma en que tratamos a otros.

A David, la sola idea de caer en mano de los hombres le aterra; porque sabe que el hombre es cruel para castigar y que no es capaz de sentir un ápice de misericordia. Dios, si bien castiga, lo hace con justicia y con misericordia, y también sabe perdonar. 

Pero el hombre sólo quiere destruir, exiliar, humillar, ningunear y matar a otro ser humano que se equivoca. 

Lo grave de esto es que cuando un creyente es el que pretende tomar el lugar de Dios -juzgando, condenando e imponiendo castigo- castigo busca para sí mismo, porque Dios no le ha puesto por juez. 

Además, el "creyente" que se convierte, no en justiciero, sino en verdugo, viene a ser piedra de tropiezo para que otros vengan a Cristo, pues nadie querrá ser verdugo como él.


En resumen, el texto nos advierte sobre la importancia de no actuar como si fuéramos Dios, juzgando y condenando a otros, ya que esto puede tener consecuencias negativas para nosotros mismos y para los demás en nuestra comunidad de fe. Es importante recordar que solo Dios tiene el poder de juzgar y castigar, y que nuestra labor como creyentes es actuar con amor y compasión hacia los demás.

Que Dios nos ayude a todos.

 

martes, 1 de abril de 2025

SIN JUSTICIA NO HAY DIOS



“Mas Jehová es el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno; a su ira tiembla la tierra, y las naciones no pueden sufrir su indignación.” (Jeremías 10:10)

La predicación moderna se basa en la Biblia, pero le falta algo importante: el juicio de Dios. Esto significa que a menudo se enfoca en enseñanzas positivas y alentadoras, pero no aborda la importancia de que Dios juzgue nuestras acciones. El juicio de Dios es una parte fundamental de la fe cristiana, ya que nos recuerda que nuestras acciones tienen consecuencias y que debemos ser responsables ante Dios. Por lo tanto, es importante que la predicación incluya este aspecto para ofrecer una enseñanza completa y equilibrada.

Por ejemplo, imagina que alguien solo te dice lo bueno que eres y nunca te señala cuando haces algo mal. Aunque es agradable escuchar elogios, también es importante recibir críticas constructivas para poder crecer y mejorar. De la misma manera, la predicación debe incluir el juicio de Dios para ayudarnos a reflexionar sobre nuestras acciones y buscar la guía divina en nuestra vida.

Básicamente hay cinco razones que explican este fenómeno:

1. Han hecho del Amor de Dios un ídolo, porque omiten deliberadamente sus otros atributos, reduciendo a Dios a su mínima expresión. La Biblia claramente enseña todos los atributos de Dios y declara que Él es Santo, Celoso y Justo. 

Una cuestión de lógica primaria nos dice que sin justicia no puede haber amor y que sin castigo no puede haber justicia. Pero nadie quiere hablar de las doctrinas de la depravación total del hombre ni del infierno. Tampoco del pecado ni de la ira de Dios y sus efectos sobre la vida de los pecadores. Presentan al “Dios que te ama” sin decir que hemos pecado y que todos estábamos en una condición tan miserable que sólo merecíamos la muerte. Cuando cercenamos la Personalidad Perfecta de Dios y escondemos aquellos atributos que nos parecen negativos, estamos creando un ídolo, un dios falso hecho a la medida del hombre.

2. La iglesia ha sido seducida por el evangelio de la prosperidad. Nuestra cultura materialista nos hace buscar a un dios que tiene en ofertas, bonitas y baratas, un amplio catálogo de beneficios sin ninguna restricción y sin juicio. Somos así, todo lo queremos por la vía fácil de un dios de amor incondicional. De esta manera le robamos al evangelio su poder y su gloria; porque lo que no cuesta, hagámoslo fiesta. Escondemos al Dios que ha tenido infinita paciencia en soportar todas nuestras iniquidades e insensateces.

 3. La Santidad de Dios se ha minimizado. Tanto el profeta Isaías como el apóstol Juan tuvieron visiones y pudieron oír la alabanza celestial “Santo, Santo, Santo”. Los ángeles no decían Amor, Amor, Amor. Porque por encima del Amor de Dios, está su Santidad, ese es su atributo más sublime. Sólo cuando podemos ver la Santidad de Dios, entendemos que somos merecedores de su justa ira. Cuando perdemos el enfoque, la ira de Dios nos parece cruel, arbitraria y vergonzosa de predicar.

 4. El pragmatismo de la predicación moderna. Tristemente, muchas iglesias hoy funcionan como negocios y entre sus objetivos están la penetración y el posicionamiento de mercado. Ganar clientela y abrir muchas sucursales. Obviamente, una iglesia donde se enseñe la sana doctrina debe incluir las doctrinas de la depravación total del hombre y su incapacidad para salvarse por sí mismo; la justa ira de Dios y el destino final de los que rechazaron a Cristo, llámense inconversos, no convertidos, paganos, impíos, pecadores, perversos, prevaricadores, transgresores. Usted puede escoger el sinónimo que más le agrade.

Un evangelio comercial, con fines de lucro, sólo hablará del Dios de los imposibles, de los milagros, de la misericordia, del amor, de sus riquezas en gloria. Ese Dios que sólo es puro amor, todo amor, todo maravilla, todo fiel al hombre, siempre bonachón; porque, al fin y al cabo, nosotros somos la niña de sus ojos y debemos ser siempre prosperados, bendecidos e ir de victoria en victoria.

5. Temen más al hombre que a Dios. Cuando se teme más al prójimo que a Dios, habrá un deseo de agradar a todos, de no herir susceptibilidades y esto, definitivamente va a moldear nuestro mensaje; porque queremos aparentar ser muy piadosos. Dijo el apóstol Pablo: “¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.”

Predicar un falso Cristo no puede salvar a nadie de la justicia y la ira de Dios. Predicar un falso Cristo sólo trae juicio para el falso profeta y más oscuridad al que anda en tinieblas.

Dios necesita siervos fieles, que, igual que los profetas de la senda antigua predicaron juicio y llamaron a arrepentimiento, sin importarles ser pasados a espada. 

Recordemos que Dios es el Rey y que es Él quien pone las reglas para entrar a Su reino, que omitir las enseñanzas sobre el juicio y el castigo, atentan contra el objetivo primordial del evangelio, consistente en llamar al pecador a arrepentimiento y al caminar en santidad.

 La gloria y la honra sean dadas a Dios.